La calma antes de la tormenta
El que nada sabe, nada teme
El que está desnudo no tiene qué ocultar
No hay peor ciego que el que no quiere ver
Lo esencial es invisible a los ojos
Hoy los dioses me han dado una visión que trasciende a la material de este mundo. Lo que mis ojos humanos ya no ven, me es revelado por una nueva visión.
Y por esas melosidades de la vida, por ese hilo de azúcar que se enrolla en el vástago de nuestras existencias, pegoteándonos, amalgamándonos, atrapándonos, he podido ver lo que es invisible a los ojos. Lo que no se quiere ver, lo que no se puede seguir ocultando, lo que se sabe, la tormenta indefectible, inexorable, inconmesurable.
La viudez, la fantasía, la culpa, la mosca de pesca, el río turbulento, la cumbre borrascosa. La piedra que se arrastra a la cima de la colina, y que rueda de vuelta al llegar al final. El grillete en la pierna, señal de la esclavitud eterna que ofrece un sometimiento mas rígido en el esclavo que en quién esclaviza.
El horizonte es azul en la profundidad del alma, aunque los velos de la lluvia hagan perder la noción de la existencia y la posibilidad. Un astigmatismo de lóbulo frontal, una parestesia límbica, una anosmia precentral. Las piernas se ponen de la gelatina más dulce y agraz, mientras sabes que la entomología no resuelve los casos clínicos que son tu trabajo. Pero las lepidópteras, mientras se mantengan en su jaula de nácar y cubierta por un velo de seda, podrán ocultarse del sol quemante, del azul intenso del horizonte, y del rojo del inicio de un vuelo sin autorización ni destino aparente.
Soy como un quinceañero, intentando jugar a ser dios con minúscula. Esos que hacen cosas increíbles por placer, por ostentación, o llanamente, por el ocio que es consecuencia de sus eternas vidas. Pero a la vez, empiezo a ver como el otoño llega a los árboles del vecindario, y comprendo que los menesteres deben tener un norte, porque el regalo de los hombres es, a su vez, su única maldición, y entre antes se valore el regalo podré usarlo como tal, y no culparlo de las desgracias de mi devenir excéntrico, en el mas puro sentido de la última palabra.
El que nada sabe, nada teme. Una frase que es verdadera o falsa, según el prisma con el que la miremos. Pero siento que, en lo sucesivo, mientras mas sepa, menos temeré. Y mientras menos tema, mas diré, y mas sabré. Como una bola de nieve, cayendo por los ángulos de la existencia.





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