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miércoles 31 de marzo de 2010

El de la llegada

(Miércoles, primer día en TTVV Retiro)

No escuchar un sonido estridente y repetitivo puede significar dos cosas: o estás sordo, o estás profundamente dormido. Lo dramático es cuando el sonido es la alarma de tu reloj para despertar.

Desperté una hora después, y tuve que hacer las cosas a la velocidad de la luz, pensando en que no alcanzaría a subirme al bus. Cuando llegué a la Facultad, con media hora de atraso, las cosas aún no estaban listas y tuvimos que esperar bastante rato mas para lograr coordinarnos con las autoridades e ir, definitivamente, hacia nuestro destino.

Destino.


En las mismas minivans que usamos para ir a entrenar a JGM, fuimos transportados hacia los distintos pueblos. En la nuestra, los nueve viajeros nos acomodamos con nuestro abundante equipaje de la mejor manera posible. El viaje no fue mucho mas largo de lo que era en el pasado, pero si mucho mas interrumpido. Las grietas en el pavimento, los bypasses destruidos, el puente Río Claro en el lecho del rí
o; caminos que recorrí varias veces a toda velocidad y en los cuales no reparé, hasta ahora.

Recordé la localidad de Retiro en el instante mismo en el que abandonamos la carretera para acceder a él. La llegada ofrecía un panorama sobrecogedor. Los altos silos de la arrocera, firmes y desafiantes, sostenían a un hermano que no se soportó y se hundió entre ellos. El pavimento, las gruesas lozas de concreto, quebradas y superpuestas una sobre las otras como si se tratara de las caducas hojas del otoño. La pequeña curva en U que rodea la línea del tren mostraba las primeras casas abatidas, las mismas casas donde, hace un año, compramos verduras frescas y olorosas con mi hermana.


Guié al chofer del furgón hacia la calle principal, la que da directamente a la municipalidad, y al tomar la calle, dimensioné el nivel del drama. Las hermosas casas patronales, con sus corredores al aire libre; las pequeñas casas que alguna vez fueron rurales, pero no menos hermosas, la mayoría estaban derruidas. Algunas con sus techos dentro de la casa, otras con los muros en el piso. Otras que derechamente y
a no estaban. El pavimento tuvo que ser retirado en muchos casos, pues el desnivel lo hacía intransitable. La Escuela Mixta, lugar donde dimos la charla con Paulina, ahora presentaba una fisura de cielo a piso en unas de sus alas, y su pequeña reja se encontraba destruida en muchas partes.

Abordamos el internado, justo en frente de la casa de la foto. Detrás de esa casa existían dos copas de agua, que cayeron como fichas de dominó, la nueva llevándose a la antigua. El internado presentaba pocos daños, y la gente que nosrecibió, tal como el pueblo, estaba lastimada, con mucha pena, pero con ganas de ponerse de pie.

Un ruidoso y alegre grupo de jóvenes estaba ya ahí; era imposible que pertenecieran a nuestra federación, pues nosotros éramos el grupo de avanzada. Nos invitaron a jugar a la pelota, pero desistimos por el cansancio del viaje; así que nos avocamos a usar el tiempo en organizar nuestro trabajo. Una vez que llegó el resto de los voluntarios terminamos de ver lo que haríamos, y cuando nos disponíamos a salir a trabajar, llegó el Rector de la Universidad, la decana de mi facultad, el Sr. Burns y el presidente de la FECh. Luego de algunas palabras de buena crianza y de algunas demandas sinceras de nuestra parte, vinieron las fotos y la partida a trabajar. Todos los de medicina partimos en parejas, para fortalecernos y protegernos.


Mi co-equipo resultó ser un joven de 5to año, como no; muy amable, de buen humor, con las palabras justas en el momento que se precisaran. Conversamos, yo con mi desenvoltura habitual, él con una parsimonia y sinceridad envidiables. Visitamos unas cinco casas del sector que nos pertenecía antes de que el sol cayera, y volvimos a nuestro refugio con rapidez.


Ya en el internado, todos se dispusieron a compartir. Esa noche fue extraña para mí, en el sentido en que no me hallaba cómodo en esta llegada a un grupo compacto y con mucha confianza; pero a la vez, fue una buena noche. Me dí cuenta, con el observar y con el pensar, que a pesar de las diferencias, eran gente unida, amable y con ganas de ayudar. Que el acercarse a las alturas no los había vuelto demasiado pretenciosos, y que el hecho que no entrase con facilidad al grupo respondía no solo a su cohesión, sino que también a mi actual condición de ostra.


Un poco cansado y ya lo suficientemente tarde, me fui a la cocina por un té antes de ir a dormir. Ahí pude conversar con los niños que estaban antes que nosotros en el internado, y que no eran de la universidad. Era un grupo que, solo apelando a la amistad y a la circunstancia, decidieron ir en ayuda de la localidad. Era gente muy distinta en casi todas las áreas, pero el desinterés y la simpatía los agrupaba a todos. Me invitaron a compartir con ellos, y estuvimos riendo y conversando hasta bien tarde. Me reí mucho, me di cuenta que la alegría ni las ganas no se deben perder con tal facilidad, y que da lo mismo lo mucho que uno pueda sentirse extraño en un lugar, con un poco de buena onda, con un poco de apertura, todo resulta mejor.


Me fui a acostar tratando de hacer el menor ruido posible. Sabía que era tarde, que era responsable de no mover mucho el camarote, pues alguien dormía apaciblemente debajo, y que debía tratar de descansar lo más posible, pues el trabajo era intenso y comenzaba temprano al otro día. Ese otro día, que sería el día de las palabras.

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